By | October 10, 2017

Ya no sabía dónde iniciaba el cielo o dónde terminaba el mar, simplemente eran dos almas que se había unidos en un mismo color y desde el balcón de uno de los hoteles en Ixtapa más lujosos se veía como una obra de arte que ninguno de los mejores pintores de cualquier época pudo haber recreado. La pasión que emanaba de esa fusión parecía como si estuvieran haciendo el amor dos amantes que no se habían visto en un largo tiempo, y yo, como un hombre al que le acababan de apuñalar el corazón, no podía dejar de verlo y sentir pena por mí.

Desde lo alto de mi habitación y observando cómo la puesta del sol pondría fin a la relación entre el mar y el cielo, la vi pasar. Su cabello ondulado se mecía al ritmo del viento y sus caderas le seguían el ritmo de sensualidad, sus labios brillaban gracias al color carmesí con el que se había pintado y sus ojos azules formaban el trío perfecto con el mar y el cielo. Ese tridente era más fuerte que cualquier otro. Era infinita belleza. Pero para mi alma era tristeza, era la desesperanza de no volver a verla, de no llegar al altar para unir nuestras vidas hasta que la muerte nos separe.

Jimena se alejó, dejando el rastro de su destino en la arena, pero que de poco me serviría pues las olas se encargarían de borrarlo para evitar que la siga. Como si fuera su guardaespaldas no permitirá que me acerque más a ella, mi tiempo se terminó y ahora debo dejarla seguir su camino. Dudo que se vuelvan a juntar, no respeté cada una de mis promesas, las rompí, y de paso su corazón y su confianza en mí. Soy el culpable, soy el pecador y merezco todo el dolor que ahora siento.

Apenas distingo su silueta lejana en la playa, tan lejos como el día que le mentí. El día que renuncié a mis sueños de tener descendencia para estar con ella, a quien la idea de traer un hijo a este mundo, que considera cruel para las nuevas generaciones y peor aún el futuro que se vislumbra. En alguna parte de mi mente brillaba una flama de esperanza, de que con el tiempo se daría cuenta que valía la pena traer vida, dejar legado. Pero me equivoqué. Nunca iba a cambiar de opinión. Es firme como las rocas con las que chocan las olas del mar, que las rompan pero éstas se vuelven a unir en un mismo ser para volver a arremeter. Pero la roca ahí seguirá, tan firme como los ideales de una mujer por la que vale la pena luchar. Tan firme como mi idea de tener hijos. ¿Luchar o renunciar? En este caso, ambas.

Renunciar a la mujer que amo, a la que traicioné por dejarla creer algo que no era. Y luchar por encontrar a alguien que se parezca a ella, que me robé el corazón y el alma, y aun así, no llegaré a amarla tanto como a ella.